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«Thelma»

  • Foto del escritor: Alejandra Rios Zúñiga
    Alejandra Rios Zúñiga
  • 6 may 2024
  • 5 Min. de lectura

Doña Thelma siempre se levanta puntual a las 8:00 de la mañana, y lo primero que hace es tomar su medicina tratando de no ahogarse con la pastilla. Procede a peinar su largo cabello blanco y, mientras tanto, recuerda. En su juventud le gustaba estar con su abuela, una mujer hábil en la cocina, qué bien. Thelma podría jurar que era una bruja cocinera, porque todo lo que cocinaba aliviaba los males de todo tipo: los males del día a día, los males de amor, de tristeza. En esos días, Thelma solo se fijaba en el gran patio de su abuela, en las plantas que seguían al sol y en los pájaros que jugaban y se bañaban en la fuente; de fondo escuchaba, mientras su abuela cocinaba, las historias de juventud y de tiempos pasados que ella le contaba. Su abuela le decía —mi mamá tenía el mismo cabello que tú, rubio oscuro con chinos tan largos que caían al suelo como cascada—. Thelma siempre sentía un orgullo al pensar que su cabellera era herencia mística de generación en generación y que era la única de sus hermanas que obtuvo el cabello de la bisabuela.

Terminada su blanca trenza, Thelma prosigue a ir al baño, lavarse la cara, hacer sus necesidades matutinas y ponerse la dentadura. Se mira al espejo y se da cuenta que se parece más cada día a su madre, mujer de extraordinaria belleza en la juventud hasta la vejez, elogiada y piropeada por las calles. ¡Ah!, cómo extrañaba esas historias, de la mirada en los ojos de su madre al recordar cómo los soldados pasaban junto a ella y cantaban: “¿Qué te ha dado esa mujer?”. Pensar en su madre tan temprano no es bueno, una tristeza la embarga cada vez que piensa en ella, cada día va olvidando su voz, su risa y como estornudaba. ¡Ah! cómo estornudaba su madre, esos se podían escuchar hasta en la calle, pero ya no recordaba como se oían.

Terminado el aseo personal del día, se viste y tiende su cama. Su padre le enseñó que no se debe de tender la cama después de levantarse, sino puedes atraer ácaros. De su padre recuerda poco, solo que era un señor bonachón, con cara de genio, pero que sabía recitar los mejores chistes. Fumaba como una chimenea y sabía tocar la guitarra. Ya no se acordaba ni de sus cantos, ni de los movimientos de sus dedos al tocar la guitarra.


Thelma tomó el desayuno sola, sus hermanas se habían ido hace mucho tiempo y ya no se han comunicado con ella desde entonces, aunque eso no le importaba. Siempre es bueno contrarrestar la soledad con un buen libro y una taza de té. Por lo que, procedió a esto, y mientras leía en su sala escuchó el ruido de la planta alta. Pequeños golpecitos agudos que se acercaban más y más, bajando veloces por las escaleras. Junto con los sonidos de zapatos de tacón bajando veloces, se escuchaba también una letanía de groserías que, para opinión de Thelma, una señorita no debería ni de saber ni de pronunciar. Y de pronto, un golpe seco, —¡Aguas!— gritó la desafortunada que chocó contra la taconuda —¡Fíjate por dónde vas Rebe!—.

—Discúlpame Magda, llego tarde y tengo una presentación importante…— más pasos de tacón que se alejaban hasta la salida de la casa —¡Nos vemos!—.

—¡Jesús del cielo!, te vas a torcer un tobillo— gritó Magda hasta la entrada. ¡Ay la juventud de hoy!, tan ruidosa, tan malhumorada; si siguieran la vida de su abuelo. El abuelo de Thelma había sido hombre de campo, tan tranquilo y trabajador, amante de los animales, a quienes siempre trataba con gentileza y amor. Una vez un pájaro se había enfermado, sus pies no se movían y su abuelo empezó a masajear suavemente las garras del animalillo, hasta que este, sintiéndose aliviado por un momento de su agonía en las manos cálidas del anciano, murió tranquilo, sin ruido y sin molestia. Thelma se sorprendió recordar eso, era el primer recuerdo de su abuelo en mucho tiempo que se le venía a la mente, pero sabía que había más recuerdos que tenía con él, había historias, anécdotas… pero a ella se le han olvidado poco a poco.


Qué curiosa y siniestra es la memoria. Mientras más envejeces, se van quedando atrás lo recuerdos de quienes amábamos. Convirtiéndose en fantasmas vagabundos que aparecen y desaparecen en esa casa abandonada que tenemos como mente.


De pronto, la puerta de la sala se abrió y entró la tal Magda, muchacha de lindo rostro pero de mirada severa. Miró detenidamente el lugar donde estaba Thelma, e ignorándola, se dirigió a la mesilla donde había puesto la taza del té y el libro —¿Quién dejó ahí esta taza de té y este libro?, hombre… ¿por qué no acomodan las cosas?— repusó volteando a la primera persona que pasó por la puerta de la sala, era otra estudiante llamada Liz —A mi no me mires, yo apenas me levanté— contestó y se fue a refugiar a la cocina. Al poco tiempo llegó, otra muchacha, una pelirroja llamada Vero, miró la escena y se enfrentó a los ojos severos de la muchacha. Parecía intuir que Thelma había dejado todo esto ahí y que esas cosas eran suyas. Pero ella solo encogio

sus hombros y dijo — A lo mejor fue Rebe y por eso se le hizo tarde—.

—Cómo sea,— bufó molesta Magda en lo que recogía el libro y lo ponía en su lugar en la estantería, y se llevaba consigo la taza de té —esta es la última vez que les recojo sus cosas…—. “Magda, Magda, siempre afanada” pensó Thelma, pero eso pasa cuando tu casa se vuelve refugio para estudiantes de universidad. Aún recordaba bien a su hija, Olivia, de quien solo recuerdaba los ojos verdes azulados, quien la miraba con compasión. Trataba de convencerla de convertir su casa en una casa para estudiantes universitarias. Thelma solo aceptó porque la casa se estaba cayendo a pedazos. Claro, una casa sola siempre resiente la soledad que poco a poco se va comiéndola.

Esta casa donde nació y creció, donde llegó a vivir con su esposo y que llegó a ser el último lugar de ella y sus hermanas en la vejez. Ahora ella sola, se sentía un poco aliviada de que su casita, último regalo de sus padres, no fuera víctima del tiempo como ella. Se levantó de su asiento, y con paso trémulo fue a la cocina, tal vez las muchachas ya tuvieran hambre.


La cocina siempre es el corazón de la casa. Cálido y ruidoso. Thelma se sentó, con otra taza de chocolate caliente que hizo Vero, y escucho con deleite las conversaciones animadas de las muchachas. Las cuales no solo animaban el corazón de la anciana que era testigo de la juventud, también brindaba calor a una casa que desde hace tiempo se estaba volviendo fría.

Y al lector, que pensaría que Magda cometió la grosería de ignorar a Thelma o que las muchachas evitan a la anciana, no se preocupen, ella sabe que no es adrede. Ya que es una de las cosas que suelen pasar cuando eres un fantasma.





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